Anuncios Google

 

[Marina Becerra Marxismo y feminismo Del Valle Iberlucea] Becerra, Marina, Marxismo y feminismo en el primer socialismo argentino. Enrique Del Valle Iberlucea, Rosario, Prohistoria Ediciones, 2009, 226 pp., ISBN 978-987-1304-43-1. Español. 23 x 16 cm.

        Review / Reseña

        Marina Becerra, Marxismo y feminismo en el primer socialismo argentino. Enrique Del Valle Iberlucea. Rosario: Prohistoria ediciones, 2009.

        Una voz masculina para el feminismo: Enrique del Valle Iberlucea

        Por Lucía De Leone (UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES- CONICET), en Revista A Contracorriente, North Carolina State University, EEUU. Vol. 7, No. 3, Spring 2010, 556-562.

        www.ncsu.edu/project/acontracorriente

        www.ncsu.edu/acontracorriente/spring_10/reviews/DeLeone_rev.pdf

        Marxismo y feminismo en el primer socialismo argentino. Enrique Del Valle Iberlucea es la reelaboración de la tesis doctoral de la investigadora Marina Becerra, que fue distinguida con el Primer Premio del Concurso Nacional de Ensayos José Hernández 2008, "Identidad Nacional: hacia la Argentina del Bicentenario. Reflexiones sobre el concepto de ciudadanía", un concurso organizado por el Senado de la Nación argentina, que recibió el apoyo del CONICET. Y, precisamente, este ensayo revaloriza la figura y la producción escrita de Enrique Del Valle Iberlucea (1877-1921), quien fue el primer senador nacional del Partido Socialista, y que pasó a la historia como "el primer senador socialista de América". La trayectoria de Del Valle Iberlucea demuestra una sostenida presencia y una férrea actuación en la lucha por la obtención de la igualdad en los derechos civiles para las mujeres, como por ejemplo la necesidad de incorporar al Código Civil argentino el divorcio vincular. Para ello, Becerra emprende la tarea de rescatar un sinnúmero de fuentes diversas (los libros de Del Valle, sus conferencias, artículos, folletos, reportajes, proyectos como senador, correspondencia, y su tesis doctoral, dirigida por Joaquín V. González y Pedro Luro) con los que arma su propia "caja de herramientas", la cual pone gradualmente al alcance de los lectores por medio de una apuesta también estética: la de una escritura académica que encuentra en su claridad expositiva y en la dosificación de todo un núcleo denso de información las claves de su eficacia.

        A partir de un lúcido abordaje de la extensa y heterogénea obra de Del Valle Iberlucea, Becerra, desde la "Introducción", reconstruye las vinculaciones y tensiones que el primer socialismo fue estableciendo entre género y ciudadanía, en un contexto en que se cruzan, por ejemplo, la fe de progreso puesta en los adelantos científicos y tecnológicos con la maniobra de exclusión femenina en la premisa de universalidad del sufragio que establecía la Ley 1420 de 1912. Oriundo de España pero nacionalizado argentino, Del Valle Iberlucea se encuadra en el perfil del intelectual profesional que en la Argentina de principios del siglo XX desplaza a la tradicional figura del "gentleman escritor", estrechamente ligada a la elite liberal decimonónica.

        Luego de un breve relato biográfico, Becerra despliega una de sus primeras hipótesis fuertes que se adelanta ya desde la titulación del ensayo: "Del Valle constituía un original nexo político entre el mundo masculino partidario del socialismo y lo que comenzaba a articularse como movimiento feminista" (15). Uno de los interrogantes del que parte este ensayo de Becerra es cuáles son las condiciones de viabilidad y los espacios posibles, en el contexto de modernización emergente de principios de siglo, para que se cristalice y encuentre un eco la heterodoxa síntesis entre marxismo, feminismo, liberalismo y reformismo que pregonan las actuaciones a nivel nacional e internacional de este político institucionalizado (apoya la primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa y la Tercera Internacional), que también dan cuenta de una apuesta por cierta autonomía intelectual.

        Con ánimos de enfatizar las contradicciones (como, por ejemplo, entre socialismo reformista y socialismo revolucionario) que presentan los textos políticos y académicos de Del Valle Iberlucea, quien, como Lenin -dice Becerra- se hace la pregunta de "qué hacer", aunque en el seno de una sociedad que se moderniza sobre la idea de una homogeneización cultural. Becerra opta por organizar esa producción conforme a cuatro dimensiones ordenadas por capítulos, que lejos de excluirse entran en un constante y enriquecedor diálogo: la biografía política y académica de Del Valle dentro del contexto social y cultural de su época; la centralidad que los derechos femeninos tuvieron en su obra y en sus intervenciones; la cuestión internacional; y el impacto de su producción educativa y cultural.

        En el primer capítulo se ponen en escena la vida y obra de este destacado intelectual, que se presenta procesada por el agudo análisis de Becerra, quien privilegia las posiciones teóricas y filosóficas de Del Valle previas a la Primera Guerra Mundial; la peculiar lectura y reelaboración que Del Valle lleva delante de las teorías marxistas, que por entonces se conocían como "socialismo científico" y/o "colectivismo" y que él mismo difunde en traducciones publicadas en las revistas que dirigía; y sus interpretaciones de la historia americana desde la Colonia y la esclavitud y, en particular, la lectura de la historia argentina desde la Revolución de Mayo de 1810 y las luchas intestinas posteriores, que lo conducen a colocarse a distancia tanto de las operaciones de la recuperación y/o del armado de una tradición nacionalista como de las prácticas políticas neutralizantes a favor de una cohesión nacional de los intelectuales del Centenario. Frente al fervor nacionalista y a las construcciones hegemónicas (y, tranquilizadoras) de ciudadanía y orden de 1910, Del Valle, en su relectura en clave socialista de la historia argentina en tres momentos fundamentales (el proceso de organización nacional, el momento de los gobiernos constitucionales, la época contemporánea a él, caracterizada básicamente por la concentración de la propiedad territorial en un círculo de elegidos) y ante los impactos de la Primera Guerra Mundial, responde con una voz disidente y una mirada desencantada sobre la "crisis moral" reinante, anclada básicamente en la superposición del ámbito público y el privado, que regulaban los intereses mezquinos de una clase. En este sentido, la propuesta superadora por la que Del Valle habrá de luchar en nombre del buen funcionamiento de la democracia radica en desenlazar la cosa pública de los intereses privados. Por ello, el modelo para construir una tradición para el Partido Socialista lo encontrará primero en los revolucionarios de Mayo (que, cien años atrás, al confrontarse con el sistema despótico y monopolista de gobierno de la Corona española, le abrieron el camino al Pueblo, entendido como "sujeto de la historia", para conquistar la independencia económica y política) y también en el "espíritu revolucionario" del gaucho y en la "potencia inmanente" y discrepante de la figura del inmigrante.

        Los proyectos políticos presentados tempranamente por Del Valle Iberlucea, regulados todos ellos por una visión trágica, en torno de los derechos civiles para las mujeres (como el derecho al divorcio, a la administración de los propios bienes y salarios, y a decidir sobre sus acciones jurídicas, comerciales y profesionales), e incluso en materia de derecho penal, respecto de la libre decisión sobre el propio cuerpo (el derecho al aborto), ocupan las páginas del segundo capítulo. Allí Becerra recupera los pasos de toda una trayectoria de avanzada, inserta en un entramado histórico cultural de hegemonía patriarcal: en 1902

        Del Valle defiende en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales su tesis doctoral, en la que exhorta a la inclusión del divorcio en la legislación civil. Ese mismo año, cuando aún no se había afiliado al Partido Socialista, dicta una conferencia sobre ese mismo tema en el Centro Socialista Femenino, en la que despeja con claridad algunos de los efectos del divorcio, como la "redención sexual" y la emancipación jurídica de las mujeres. En 1918 presenta al Senado un proyecto que determinaba la liberación civil de la mujer que constituyó la génesis de la Ley 11.357, aprobada en 1926, la primera ley que despoja al marido de las funciones tutelares para con la esposa. Cuando el aborto, a pesar de que funcionaba como uno de los modos más extendidos para el control de la natalidad, era socialmente considerado como una práctica criminal e ilegitima (con excepción de los casos en que la vida de la madre estaba en riesgo o si se procedía con fines eugenésicos) en tanto conspiraba, junto con los métodos anticonceptivos, contra la idea de la "naturaleza maternal femenina" y por ende contra la familia moderna y la nación, Del Valle presenta en 1918 un proyecto de reforma del Código Penal (específicamente sobre la Ley 1920 de 1886), en el que se proponía ampliar la despenalización del aborto cuando éste fuera practicado por un profesional diplomado y con consentimiento de la mujer, más allá de los casos de riesgo de vida de la madre.

        Las intervenciones políticas de Del Valle en materia penal introducen la problemática de no punibilidad sobre el aborto cuando éste se produce con fines terapéuticos, eugenésicos pero también sentimentales (hace énfasis en los embarazos no deseados productos de violaciones), en un contexto de establecimiento de políticas poblacionales (todavía selectivas) y de criminalización del aborto principalmente por los sectores más conservadores (en las costumbres) y liberales (en la economía) de la sociedad argentina. El balance que hace Becerra respecto de las singulares intervenciones de Del Valle tanto a nivel civil como penal respecto de los derechos de la mujer es que, frente a los discursos hegemónicos (biologicistas, jurídicos, y socio culturales) sostenidos en la idea de las "incapacidades naturales" de las mujeres, sus actuaciones son la punta de lanza para un cuestionamiento serio de las relaciones de poder entre los sexos.

        El tercer capítulo se detiene en las posiciones políticas de Del Valle respecto de la Primera Guerra Mundial, que reclaman el pacifismo y la oposición al gobierno alemán en relación con la postura de las socialistas feministas francesas y alemanas frente a la guerra y también en relación con el ingreso de Estados Unidos a la guerra (un país hasta entonces considerado por el socialismo como modelo de democracia frente al totalitarismo de Alemania) y con el derrocamiento del zarismo en Rusia. Becerra remarca también las contradicciones que atraviesan a Del Valle y así, luego de una extensa revisión de su obra y sus declaraciones, llega a una conclusión por demás interesante: así como los movimientos feministas y los partidos socialistas no mantuvieron con constancia sus compromisos durante la guerra mundial, el senador, autoproclamado defensor de la causa femenina inscripto en un socialismo que concibe a la emancipación femenina como un paso central en el proceso mayor de liberación social, también presenta dobleces al no sostener la "pureza" de sus postulados pacifistas. Becerra inserta esta reacomodación de Del Valle en el contexto de las formas particulares que en la Argentina van asumiendo los impactos de las contradicciones estructurantes de los debates socialistas y feministas, en especial los de origen francés y alemán. Otro punto que Becerra toma en consideración en este mismo capítulo es la adhesión incondicional y sostenida en el tiempo de Del Valle a la Revolución bolchevique y la Internacional Comunista, que en 1921 le trae como consecuencia la suspensión del Senado de la Nación, con un Parlamento con mayoría radical y conservadora.

        El último capítulo revisa las actuaciones y funciones de Del Valle vinculadas al mundo de la educación y la cultura y practicadas desde distintos espacios, como universidades, colegios y el Ateneo Popular, que era una sociedad de extensión universitaria fundada por él, Alicia Moreau y otros, y cuyo órgano de difusión era la revista Humanidad Nueva. Revista Socialista Internacional, que tenía como objetivo principal fomentar la discusión de cuestiones de gran motivación para el socialismo en un campo intelectual y cultural de mayor amplitud. Específicamente, Becerra examina las interacciones entre las prácticas culturales de extensión universitaria que propulsa Del Valle, con la Reforma Universitaria de 1918, cruzadas ambas por las problemáticas ligadas a la emancipación de las mujeres.

        En definitiva, al indagar la figura y la heterogénea producción de este intelectual socialista que, desde muy temprano en el siglo XX, intervino política y culturalmente en la lucha por los derechos femeninos, y sirviéndose de herramientas de análisis procedentes de distintos ámbitos epistemológicos, el ensayo de Marina Becerra constituye un aporte fundamental para el campo del conocimiento que se interroga por las actuaciones y también por el pensamiento -y por qué no, los sentimientos- de un sujeto varón, inserto en un espacio de poder político, en favor de la apertura pública y privada de la participación de las mujeres. Fue una voz singular la de Enrique del Valle Iberlucea, entre las voces masculinas de la época. Sin embargo, el aporte de Becerra no se agota en la instancia de este ensayo. El sondeo que lleva a Becerra a abordar incluso las facetas más personales de Del Valle se complementa con los intereses de sus actuales investigaciones, que se ocupan de rastrear en las voces de las mujeres de la misma época, inscriptas en lo que englobaríamos como "escrituras del yo", las estrategias puestas en juego para auto figurarse y para representar los efectos (positivos o negativos) de la posibilidad de conseguir, por ejemplo, la participación política y los impactos de la falta y/o de la obtención futura de la ciudadanía y los derechos civiles. Una zona que restaba explorar y que coloca a este libro en una serie original que estas nuevas investigaciones de Becerra prometen completar.

- o -

        Marina Becerra, Marxismo y Feminismo en el primer socialismo argentino. Enrique Del Valle Iberlucea. Rosario, Prohistoria, 2009.

        Por Yolanda de Paz Trueba (IEHS, UNICEN- CONICET), en PolHis - Boletín Bibliográfico Electrónico del Programa Buenos Aires de Historia Política, Mar del Plata, Año 4, Nº 8, segundo semestre de 2011, p. 334.

        ¿Cómo leer la modernidad argentina? ¿Cómo pensar la producción de una ciudadanía moderna en un contexto en que la Ley Sáenz Peña de 1912 había consagrado la obligatoriedad del voto para los hombres, asumiendo como universal sólo a la parte masculina de la población? Estas son algunas de las preguntas que inspiran esta obra en la que Marina Becerra se propone analizar la relación entre la modernidad y el progreso, entre ciudadanía y género en la Argentina del primer socialismo, a través de la obra de Enrique Del Valle Iberlucea, un complejo intelectual socialista, dueño de una de las primeras voces masculinas que se levantaron en pro del reclamo de derechos civiles para las mujeres.

        A principios del siglo XX, estas estaban excluidas de la esfera pública y los primeros discursos que las interpelaron desde el Estado lo hicieron en tanto madres, sin nombrarlas como individuos o ciudadanas. Desde este rol maternal se defendieron incluso los derechos femeninos entendiendo que la maternidad era un privilegio de las mujeres: dar vida a los futuros ciudadanos de la nación. Para las feministas -a diferencia de los sectores más conservadores del grupo gobernante y de la sociedad en generalesta era una función que excedía lo social: desde esa posición las mujeres podían reclamar por derechos civiles y políticos.

        En este marco, el Partido Socialista argentino asumió una posición explícita a favor de la emancipación femenina, constituyendo el primer partido político local que alentó la participación política de las mujeres, al proponer el sufragio femenino en su programa. Del Valle, aparece no obstante como una figura singular dentro del mismo, al defender una amplia gama de derechos para las mujeres. Es importante, dice la autora, señalar que éste pensaba a la mujer como sujeto de derecho, independientemente de su carácter de trabajadora, condición que estimulaba los reclamos de muchos de sus compañeros de filas.

        Claro que este planteo no estuvo exento de tensiones: los socialistas consideraban que la ciudadanía debía ser universal, partiendo del supuesto de igualdad entre todos los individuos. Por otro lado, la ciudadanía debía ser particular, fundándose en las capacidades diferenciales de los individuos concretos, pues las mujeres se consideraban diferentes de los hombres, de acuerdo a su condición maternal. Del Valle no fue extraño a esta tendencia y encarna uno de los ejemplos más paradigmáticos de tensión entre 335 lo universal y lo particular. Las mujeres eran definidas todavía por su capacidad maternal. Pero precisamente por eso, sostiene Becerra, les correspondía tener derechos específicos: debían estar en espacios públicos, llenando con su amor maternal, los vacíos de la razón.

        En síntesis, a lo largo de esta investigación, Marina Becerra intenta revisar, a través de la singular figura de Enrique Del Valle Iberlucea, algunas cuestiones propias de la época de modernización liberal del país. En medio de un clima opresivo para las mujeres que suponía que la naturaleza definía como natural el rol doméstico, algunas voces emergieron para expresar otras formas de pensar las diferencias entre los sexos. Del Valle, junto a las feministas socialistas y a algunos hombres de su propio partido, lucharon por desnaturalizar los roles sexuales, planteando que las diferencias eran defendibles en tanto y en cuanto las pensaban como términos equivalentes y complementarios. Desde la concepción maternalista de la mujer, reclamaba iguales derechos para ambos sexos, tanto en la esfera pública como en la privada, manteniendo una tensión irreductible entre lo universal y lo particular en su concepción de ciudadanía.

        Finalmente, la autora sostiene que su prédica dio resultados, tal como parece ponerlo de manifiesto la importancia que sus proyectos tuvieron como base para la ley que en 1926 se transformó en la primera que reconoció derechos civiles a las mujeres. Así, asegura Becerra, la heterodoxia de Del Valle incomodó en cierta medida a las voces establecidas, pero es posible afirmar tras la investigación desarrollada, que existieron surcos por donde sus ideas pudieron colarse.

- o -

        Marxismo y Feminismo en el primer socialismo argentino. Enrique Del Valle Iberlucea. Marina Becerra, Prohistoria Ediciones, Rosario, 2009, pp. 226.

        Por Vanesa Teitelbaum, Instituto Superior de Estudios Sociales (CONICET - UNT). Población y sociedad versión ISSN 1852-8562 Poblac. soc. vol.19 no.2 San Miguel de Tucumán jul./dic. 2012

        El libro de Marina Becerra, producto de la reelaboración de su tesis doctoral, aborda de forma inteligente y sugerente un tema poco explorado por la historiografía argentina: la relación entre el marxismo y el feminismo en el primer socialismo argentino. Para ello, recurre al examen de uno de los intelectuales socialistas más prestigiosos de la época, Enrique Del Valle Iberlucea, develando con minuciosidad y agilidad los aspectos más interesantes y significativos en torno a una renombrada figura del campo intelectual de Argentina al despuntar el siglo XX y una de las voces masculinas pioneras en proponer la igualdad civil de las mujeres y plantear la necesidad de incluir el divorcio en el Código Civil.

        La investigación de Marina Becerra se basó principalmente en el examen de fuentes documentales del propio Del Valle -libros, revistas, conferencias, cursos, reportajes, folletos, artículos, proyectos políticos, cartas y su tesis doctoral-, complementado con la revisión de las revistas que fundó y dirigió (como Vida Nueva. Revista Socialista, Revista Socialista Internacional y Revista Humanidad Nueva), la lectura del órgano de prensa del partido socialista: La Vanguardia y el examen de la Revista de Educación. Órgano gremial del Magisterio de la Provincia de Buenos Aires (1901-1904). A través de este conjunto sumamente completo de fuentes, la autora realizó un sistemático y sólido análisis que seguramente logrará suscitar el interés de los estudiosos del socialismo, el feminismo y los intelectuales cautivando, además, a todos aquellos interesados en la historia social, cultural, política y de género.

        Dividida en cuatro capítulos, la obra comienza con el estudio de las posturas teóricas-filosóficas de Del Valle, su reelaboración del marxismo y sus interpretaciones de la historia argentina y americana. En esta última línea, interesa destacar su concepción del pueblo que en tanto sujeto central de la historia conquistó en la revolución de independencia de 1810 "la independencia económica y la libertad política".

        Posteriormente, el protagonismo del pueblo es equiparado por Del Valle con el papel central asumido por el partido socialista en el Centenario de la Independencia, cuando se reveló como el continuador de la obra del pueblo, ya que "es revolucionario en la ulterioridad de sus propósitos" (p.59-60).

        A comienzos del siglo XX existía una estrecha vinculación entre feminismo y socialismo e incluso, hacia 1910, era frecuente que ambos términos fueran utilizados como sinónimos. Definido a sí mismo como "aliado" de la causa femenina, Del Valle demostró, tanto en sus escritos históricos como en los proyectos políticos que impulsó en su carácter de senador nacional, una marcada sensibilidad hacia el problema de la emancipación femenina. De estos temas se ocupa el segundo capítulo del libro, probablemente uno de los más atractivos y logrados del trabajo. Allí, Becerra aborda la propuesta de Del Valle a favor de la inclusión del divorcio en el Código Civil, a partir de dos argumentos principales. Por un lado, la noción del matrimonio como un contrato y, en ese sentido, un vínculo que podía ser disuelto por decisión de alguno de los cónyuges. Otro motivo esgrimido por Del Valle para fundamentar el divorcio atendió a un argumento absolutamente novedoso en el contexto de los debates de la época: la falta de amor. Además, el capítulo aborda el proyecto suscripto por Del Valle para reformar el Código Penal, ampliando los causales de no punibilidad del aborto, práctica que -como sostiene Becerra- junto con todos los métodos contraceptivos eran en gran medida "condenados por la sociedad pues ponían en tela de juicio la idea de la "naturaleza maternal femenina" (p. 82-83). Finalmente, la autora explora el proyecto de emancipación civil de la mujer que elevó Del Valle a la cámara de senadores en mayo de 1918, en donde propone el régimen de la separación de bienes en el matrimonio y aborda el tema de los derechos y las obligaciones de los esposos entre sí y respecto de los hijos, entendiendo, por ejemplo, que todo lo concerniente a la educación de los hijos debe ser responsabilidad de ambos cónyuges por igual, con lo cual apoya la idea de una patria potestad compartida. En gran medida, lo significativo de este proyecto, que además sirvió posteriormente de base a la propuesta que en 1926 se convirtió en "la primera ley que reconoce derechos civiles a las mujeres" (p. 84-85), fue su cuestionamiento a la visión hegemónica de la diferencia sexual entendida en términos de desigualdad y según la cual la mujer era definida en términos de su carencia.

        Las posturas del partido socialista frente a la Revolución Rusa y a la Tercera Internacional, así como la posición que asumió Del Valle ante la Primera Guerra Mundial a partir de dos hechos fundamentales: la entrada de Estados Unidos a la guerra y el derrocamiento del zarismo son examinadas en el tercer capítulo del libro. En esas páginas, Becerra explica la siguiente contradicción. Del Valle "el más liberal y el más belicista de los socialistas" se había manifestado a favor del ingreso incondicional a la Tercera Internacional, lo cual implicaba aceptar las 21 condiciones, "apoyando la socialización de los medios de producción y la dictadura del proletariado" (p.131). Tal respaldo -sostiene Becerra- resultaba contradictorio con "la tradición liberal de respeto a las instituciones democráticas, en la que él mismo se había inscripto. Desde esa tradición liberal, Del Valle había asumido sus posiciones frente a la guerra, así como también sus luchas por los derechos femeninos. Quizás el pedido de desafuero, así como su aprobación por parte de la mayoría conservadora y radical del Senado, fueran los costos visibles de lo que se habría podido experimentar como una traición de clase", propone entonces la autora (p. 160-161).

        Percibida como una instancia fundamental para avanzar en la construcción del socialismo y promover el adelanto de los trabajadores la cuestión cultural es abordada en el último capítulo del libro. Tal como explica Becerra, Del Valle participó junto con otros intelectuales socialistas de la época en la defensa de la labor educativa del partido socialista, entendida como una tarea prioritaria. En efecto, y como propone la autora, la labor pedagógica se situó en el seno de las preocupaciones de Del Valle y de otras renombradas figuras, por ejemplo Alicia Moreau, una de sus principales colaboradoras, alentando emprendimientos consagrados a la educación y a la difusión de la cultura, como escuelas y ateneos, en donde se impartían cursos y conferencias de extensión universitaria.

        Ya en sus conclusiones Becerra sintetiza los principales aportes de Enrique Del Valle Iberlucea, quien se preocupó por la desnaturalización de los roles sexuales, proponiendo, además, entender a la diferencia entre los sexos como términos equivalentes y complementarios. Desde esa perspectiva, Del Valle inscribe la lucha por la emancipación femenina, definida como "una de las tareas prioritarias del partido socialista". Por otra parte, Del Valle se destacó por su particular mirada sobre la conformación del socialismo, proveniente de su interpretación italiana del marxismo, así como de "la selección y combinación de elementos de su herencia cultural hispánica", y por asumir "una posición crítica frente al fatalismo económico y la certeza de la socialdemocracia europea en el triunfo inevitable del socialismo" (p. 201); con lo cual, se distanció de la interpretación teleológica de la historia que dominaba entre los intelectuales más renombrados de la Segunda Internacional. Asimismo, y tal como lo señala Becerra, Del Valle rescató la tradición española, empleando argumentos distintos a los planteados por los nacionalistas durante la primera década del siglo XX. De esta forma, participó de los debates del Centenario en torno a la tradición nacional, estableciendo -como sugiere Becerra- "un contrapunto con los nacionalistas, al atribuir al pueblo español, así como al gaucho ´un espíritu de libertad´ opuesto a cierto ´espíritu de dominación´ legado por los romanos a través de la iglesia católica, hasta el presente" (p. 202). Sin ánimo de resumir todos los aportes del trabajo, me permito destacar la sugerencia con la que Marina Becerra concluye su obra. Retomando la pregunta inicial que guió su investigación, referida a si era viable la síntesis propuesta por Del Valle entre liberalismo, reformismo, feminismo y marxismo, Becerra no duda en rescatar el papel que desempeñaron las aspiraciones de Del Valle, sus sueños, al contribuir a forjar otros, dirigidos "a cuestionar las relaciones de poder existentes entre los sexos" (p. 204). Con esta propuesta alentadora, Becerra cierra su libro, atractivo, minucioso y valioso que no dudo se convertirá en lectura obligada para todos aquellos interesados en conocer en profundidad la obra de Enrique Del Valle Iberlucea y, a través de su estudio, enriquecer nuestra mirada sobre la historia socio-cultural, intelectual y de género durante una época fundamental de la Argentina moderna.

        ©2013 Instituto Superior de Estudios Sociales

        San Lorenzo 429

        (T4000CAM) - San Miguel de Tucumán - Pcia. de Tucumán

        República Argentina

        (54 381) 4977481/4975681

        poblacionysociedad@ises.org.ar

- o -

        Por Ricardo Martínez Mazzola (CONICET-UBA-UNSAM) en CEDINCI, Políticas de la Memoria N° 10/11/12, Años 2009/2011, pp. 320-322.

        A propósito de Marina Becerra, Marxismo y feminismo en el primer socialismo argentino: Enrique del Valle Iberlucea, Rosario, Prohistoria ediciones, 2009.

        Los trabajos sobre la tradición socialista argentina se han detenido en pocas figuras, principalmente en el «fundador», Juan B. Justo, y en el «heterodoxo», José Ingenieros. El primer mérito del trabajo de Marina Becerra --una versión corregida de su tesis doctoral, defendida en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires-- es el de abordar a uno de los más importantes políticos e intelectuales del socialismo argentino, Enrique del Valle Iberlucea, desatendido por la mirada académica y que sólo había recibido la ocasional mirada de la hagiografía partidaria. Y, sin embargo, se trata de «el primer senador socialista de América», de un notorio jurista --en tal condición ocupó numerosas cátedras universitarias y participó de la redacción del proyecto de Código de Trabajo y de algunos de los primeros proyectos en defensa de los derechos de las mujeres--, de un activo promotor cultural, del más notorio de los impulsores de la incorporación del Partido Socialista a la Tercera Internacional, de un inmigrante español que ingresó al Parlamento Nacional para, años después, ser expulsado en una votación escandalosa. Puede aventurarse que si cualquiera de estos rasgos habría hecho a Del Valle Iberlucea merecedor de homenajes y estudios, la combinación de todos ellos parece haber generado incomprensión y olvido.

        Para intentar dar cuenta de esta figura multifacética sin reducir las complejidades a la presupuesta continuidad de una «obra», la autora propone un recorrido por cuatro dimensiones del trabajo de Del Valle Iberlucea. En primer lugar, Becerra señala que tanto la lectura que Del Valle Iberlucea hacía de Marx, en la que subrayaba la herencia hegeliana, como su inserción en redes intelectuales internacionales, que le permitían estar al tanto de una profusa bibliografía que ponía en cuestión el «economicismo histórico» y las ideologías simplistas del progreso, lo separaban de Justo, colocándolo en la senda del pensamiento de socialistas como Antonio Labriola. Desde esa perspectiva culturalista de matriz italiana, sostiene la autora, Del Valle Iberlucea produjo una relectura original del vínculo entre el socialismo y las tradiciones populares argentinas lo que, al postular un «núcleo de buen sentido» en «nuestro gaucho», hubiera permitido al Partido Socialista alcanzar un mejor vínculo con ese «otro diferente» que la ofrecida por el iluminismo evolucionista de Justo. Sin embargo, creemos que por momentos Becerra exagera en el argumento: por un lado convierte al español en un gramsciano avant la lettre que habría pensado su lugar como «intelectual orgánico» más que como «vanguardia»; por otro, exagera las distancias con un Justo que, lo mismo que el Senador Socialista, rechazaba la alternativa reforma o revolución y negaba que el socialismo debiera limitarse a alcanzar mejoras para la clase obrera.

        En cambio sí es original y sin precedentes en la tradición socialista, como subraya la autora, la lectura que Del Valle Iberlucea hace de la historia jurídica, y el modo en que, remitiendo a las Cortes de Cádiz, entronca las libertades argentinas con una dimensión de la herencia hispánica --la del despertar de las energías latentes de un pueblo resistente-- que era negada por los nacionalistas «telúricos» del Centenario, reivindicadores de la herencia de dominación de la España jesuita.

        En segundo lugar, Becerra aborda el intenso pero poco estudiado vínculo entre Del Valle Iberlucea y el movimiento feminista argentino.

        Analiza la tesis doctoral que aquél presentara en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, en la que recomendaba la inclusión del divorcio en el Código Civil y destaca la novedad que representaba, frente a los argumentos de otros intelectuales liberales y reformistas también defensores del divorcio, el argumento en torno a la cuestión del amor, y a la falta de amor como causal legítimo de disolución del vínculo. La autora señala también las tensiones entre la reivindicación universal de la ciudadanía y el reconocimiento de que la ciudadanía igual se concedía a diferentes, sexuados, a la vez que argumenta con sutileza que la explicación que el intelectual socialista daba a la resistencia de las propias mujeres a la ley de Divorcio --una deficiente instrucción--, colocaba al Partido Socialista, destinado a la tarea pedagógica, en una posición paternalista.

        Por otra parte, y luego de rescatar otras iniciativas del Senador socialista en pos de los derechos femeninos --su proyecto proponiendo ampliar la no punibilidad del aborto a causas más allá del riesgo vital de la madre, su proyecto de emancipación civil de la mujer-- Becerra subraya la estrechez de la asociación que el español planteaba entre emancipación obrera y femenina, una asociación en la que, a la luz de la «Revolución de Octubre», la primera parecía tener el lugar preponderante.

        En tercer lugar, la autora reconstruye el llamativo y rápido recorrido que, en pocos años, llevó a Del Valle Iberlucea de ser el más ferviente partidario de la ruptura de relaciones con Alemania a ser el principal referente de quienes pedían la adhesión del Partido Socialista a la Tercera Internacional. Becerra comienza reconstruyendo la mirada del español sobre la Gran Guerra, señalando que sus palabras debían mucho a la tradición liberal que colocaba el centro de su prédica en la defensa de las libertades nacidas de la Revolución Francesa. La posición del Senador socialista, explica la autora, era pacifista y de simpatía por el «neutralismo » del presidente norteamericano Wilson, al que diferenciaba del de Yrigoyen, y sería justamente a partir del ingreso de Estados Unidos en la guerra que comenzaría a pronunciarse en favor de la ruptura de relaciones con Alemania.

        También lo haría la mayoría de los parlamentarios socialistas pero, señala Becerra, mientras Justo fundamentaba tal posición en clave económica, basada en la defensa del libre comercio, Del Valle Iberlucea, oscilando entre lo moral y lo jurídico, apelaba al derecho internacional para abandonar la postura en favor de la neutralidad, lo que lo haría enfrentarse con quienes, reafirmando esa postura, fundarían el Partido Socialista Internacional. Sin embargo, poco tiempo después del Valle Iberlucea coincidiría con estos adversarios en la defensa de la Revolución Rusa. En este punto se extraña un seguimiento más atento de las posiciones del Senador socialista acerca de la situación del socialismo internacional: creemos que ello se debe a que la autora toma como referencia el surgimiento de la corriente «tercerista» en 1920 --que postulaba la adhesión del Partido Socialista a la Tercera Internacional-- y a partir de ese punto lee hacia atrás las intervenciones de Del Valle Iberlucea en los años previos.

        Consideramos que es sólo por ello que se le vuelve enigmático el modo en que el Senador Socialista, como tantos otros socialistas, combina la admiración a Lenin con la continuidad de una política parlamentaria y reformista. La autora señala con acierto que en sus escritos de esos años el español reinterpretó sus textos del pasado para encontrar en ellos una postura revolucionaria y activista, pero, a diferencia de Becerra, creemos que esa «invención de la tradición» se relaciona menos con el intento de construir una mitología fundacional para la Internacional Comunista que con el permanente trabajo de reinterpretación que un intelectual, y sobre todo un intelectual tan atento a la dimensión simbólica de la acción como lo era Del Valle Iberlucea, hacía sobre una tradición que consideraba propia: la socialista. Podemos pensar que esa fue la razón por la que no abandonó las filas partidarias con los «terceristas»: su lectura de la tradición asignaba al Partido Socialista un linaje revolucionario al que no estaba dispuesto a renunciar.

        En la cuarta parte del recorrido, Becerra analiza las iniciativas de Del Valle Iberlucea en términos de política cultural. Retomando el argumento de algunos de sus trabajos anteriores, la autora señala los dilemas de un socialismo que postulaba la inclusión en la ciudadanía nacional pero, a la vez, encontraba que el nacionalismo se constituía en la forma privilegiada de integración.

        Ante la situación, señala, algunos socialistas buscaron construir espacios educativos propios, fundando «escuelas socialistas» --y luego, cuando se consideró a tal definición como excluyente, escuelas «laicas» o «populares». Sin embargo, casi lamenta la autora, la tendencia hegemónica, liderada por Juan B. Justo, decidió abandonar el sostenimiento de tales iniciativas por considerar, en el espejo francés, que el Estado debía ser el único responsable de la educación.

        Luego de no pocas tensiones, el Partido Socialista parecía haber adoptado una postura integracionista que lo alejaba no solo de la vía insurreccional sino también de los esfuerzos por construir un embrión de contrasociedad. Al no avanzar en la construcción de espacios en que confluyeran los elementos dispersos de las diferentes tradiciones populares, señala con acento gramsciano Becerra, el Partido Socialista limitaba su voluntad hegemónica a definiciones en términos universales que no cuestionaban, antes bien consolidaban, el discurso democrático liberal encarnado en las políticas estatales.

        En conclusión, Becerra propone y lleva a cabo con acierto una tarea necesaria e ineludible: la reconstrucción del pensamiento y la obra de uno de los principales intelectuales y políticos socialistas de la Argentina. Con su libro propone un modelo de abordaje que hace justicia tanto a los matices del pensamiento como a las diferentes arenas de lucha de Del Valle Iberlucea. Pero el aporte de Becerra no concluye aquí: su lectura permite iluminar algunas de las principales limitaciones del socialismo argentino --y en particular de la línea liderada por su líder Juan B. Justo-- y, lo que es quizás más significativo, las de una tradición liberal que no sólo renunciaba a hacer avanzar una ley de divorcio que era corolario de la de «Matrimonio Civil» impuesta décadas atrás, sino que, vergüenza mayor, aceptaba el desafuero de un Senador de la Nación por un «delito de opinión».

- o -

        Por Milagros Belgrano Rawson, en Página 12, Buenos Aires, viernes 19 de marzo de 2010.

        Visto y leído. Una deuda saldada.

        El libro Marxismo y feminismo, de Marina Becerra, repara un gran olvido de la historiografía argentina: la lucha por los derechos de las mujeres de Enrique Del Valle Iberlucea, el primer senador socialista de Latinoamérica, expulsado injustamente del Parlamento argentino en 1921.

        Con la sanción del Código Civil argentino, encargado por el gobierno de Bartolomé Mitre y aprobado por el parlamento sin debate previo, en 1871 se abrió un capítulo oscuro en la historia de las mujeres argentinas, que recién se cerraría -parcialmente, claro, y sólo en lo relativo a la mayoría de sus derechos civiles-, casi cien años más tarde, irónicamente bajo el gobierno de facto de Onganía. En su letra, el Código redactado por Dalmacio Vélez Sarsfield clasificaba a las personas en "capaces" e "incapaces": la mujer, normalmente un sujeto considerado por la ley como jurídicamente competente, se volvía prácticamente inepta al casarse con un hombre. No bien pasaba por el altar (o el registro civil, a partir de 1888) toda argentina, e independientemente de su clase social o nivel económico, quedaba a cargo de su esposo, quien a partir de entonces la representaba en casi todos los actos jurídicos y se convertía en el único administrador de su dinero. Sin su permiso, ninguna esposa podía testificar en un juicio o ante un escribano, celebrar un contrato, hipotecar, vender, comprar o donar bienes. Toda denuncia contra ella debía ser dirigida a su marido, considerado por el codificador cordobés el jefe de la sociedad conyugal, y facultado para recurrir a la fuerza pública si su mujer dejaba el domicilio matrimonial.

        Aunque muy estigmatizadas, sobre las mujeres solteras no pesaban la mayoría de estos preceptos que, a pesar de violar la Constitución Nacional ("todos los ciudadanos son iguales ante la ley"), reglamentaron una experiencia tan íntima como la matrimonial hasta bien entrado el siglo XX. Sin embargo, el feminismo argentino, que por entonces daba sus primeros pasos, encontró en un joven estudiante un importante aliado en esta causa. Corría el año 1902 y Enrique Del Valle Iberlucea se recibía de abogado con una tesis que defendía la igualdad civil de las mujeres casadas y que proponía incluir el divorcio en la legislación argentina, señala Marina Becerra en Marxismo y feminismo (Prohistoria Ediciones). Recientemente editado, este libro repasa la vida intelectual y política de quien en 1913 fue elegido el primer senador socialista de Latinoamérica.

        Nacido en España, Del Valle llegó a los ocho años a la ciudad de Rosario, donde se estableció junto a sus padres. Desde entonces, y hasta su muerte, la preocupación porque se lo creyera lo suficientemente argentino sería una constante. No bien recibió su diploma de abogado, se nacionalizó argentino y se enroló voluntariamente en el Ejército nacional. Afortunadamente, las armas no lo alejaron del trabajo intelectual. A los 25 años daba conferencias sobre teoría marxista y comenzaba a distanciarse ideológicamente de la línea trazada por el fundador del Partido Socialista argentino, Juan B. Justo. Esto no impidió que, luego de dar una charla a favor del divorcio en el Centro Socialista Femenino, en 1902, Del Valle se afiliara a este partido. Para entonces un diputado liberal había presentado en el parlamento argentino el primer proyecto de ley de divorcio vincular. Pero en esa conferencia, y frente a decenas de mujeres, Del Valle mencionó un argumento que faltaba en los encendidos debates que tenían lugar en el Congreso: el amor. Para el socialista, además de emancipar a las argentinas, el divorcio significaba una segunda oportunidad para todos aquellos y aquellas atadas por vínculos que "no nacían del corazón". De ahí en más, y de la mano de su amiga y colaboradora Alicia Moreau (con ella fundó la revista socialista Humanidad Nueva), Del Valle abogaría por los derechos de los mujeres, un capítulo prácticamente ausente en la escasa bibliografía existente sobre el primer senador socialista argentino.

        Discípula de la gran maestra e historiadora Dora Barrancos, la socióloga e investigadora del Conicet Marina Becerra salda esta deuda con el intelectual marxista y rescata el carácter precursor de su lucha por la emancipación de las mujeres de un país que sentía como propio. En 1920, ya como integrante del Senado argentino, Del Valle presentó un proyecto de despenalización del aborto. Dos años antes había elaborado un proyecto de emancipación civil de la mujer que, más tarde, serviría de base a la ley 11.357. Sancionada en 1926 y conocida como la "Ley de ampliación de la capacidad civil de la mujer", esta normativa otorgó derechos civiles a las solteras, divorciadas y viudas, reconociendo su igualdad jurídica con los hombres. Sin embargo, a pesar de que eliminaba algunas restricciones para las mujeres casadas, como la administración de sus propios bienes -a título oneroso- y salarios, la nueva ley continuaba impidiéndoles abandonar el hogar conyugal o ejercer la patria potestad de sus hijos menores, entre otras cosas.

        Del Valle nunca llegó a enterarse de la sanción de esta ley: murió en 1921, a los 44 años, de una enfermedad respiratoria. Semanas antes, había sido desaforado del Senado argentino por declarar en un congreso socialista su adhesión a la Tercera Internacional, la organización comunista fundada por Lenin. En una vergonzante votación, la mayoría conservadora y radical decidió el desafuero de uno de los legisladores más brillantes que haya tenido en sus bancas. Acusado de anarquista y antipatriota, se le hizo notar su origen extranjero y se lo condenó por el delito de "opinión", como sostiene Becerra en su primer libro, consagrado a esta figura inexplicablemente poco nombrada por la historia.

- o -

        Por R.M.M. Fichas, en Prismas vol.14 no.1 , Universidad Nacional de Quilmes. Centro de Estudios e Investigaciones. Programa de Historia Intelectual, Bernal jun. 2010.

        revistaprismas@gmail.com

        Marina Becerra, Marxismo y feminismo en el primer socialismo argentino: Enrique del Valle Iberlucea, Rosario, Prehistoria ediciones, 2009, 224 páginas

        Los trabajos sobre la tradición socialista argentina se han detenido en pocas figuras, principalmente en el "fundador" Juan B. Justo y en el "heterodoxo" José Ingenieros. Sin embargo, en las filas del socialismo pueden encontrarse otras figuras originales y merecedoras de un abordaje en clave de historia intelectual. El primer mérito del trabajo de Marina Becerra es el de traer a uno de aquellos que sólo habían merecido la atención de la hagiografía partidaria. Se trata de Enrique del Valle Iberlucea, el primer senador socialista, pero también un notorio jurista -en tal condición ocupó numerosas cátedras universitarias y participó de la redacción del proyecto de Código de Trabajo y de algunas de las primeras iniciativas en defensa de los derechos de las mujeres-, un activo promotor cultural y el más notorio de los impulsores de la incorporación del Partido Socialista (PS) a la Tercera Internacional.

        La autora subraya que la actuación del socialista en los distintos terrenos se apoyaba -además de en una amplia trama de relaciones personales- en un similar esfuerzo de incorporación de sujetos sometidos y postergados: la mujer, el gaucho. Esa postura se fundaba, considera Becerra, en una lectura culturalista, de matriz italiana, de la tradición marxista, lectura que lo habría alejado del evolucionismo iluminista de Justo y que le habría permitido prestar una mayor atención a los símbolos con los que esos sectores postergados procesaban su experiencia. Sería justamente esa atención a la dimensión simbólica de la acción la que explicaría el hecho de que, derrotada su posición, del Valle Iberlucea no abandonará las filas partidarias con los "terceristas": su lectura de la tradición asignaba al PS un linaje revolucionario al que no estaba dispuesto a renunciar.

        Y, sin embargo -casi lamenta la autora-, y luego de no pocas tensiones, el PS pareció haber adoptado una postura integracionista que lo alejó no sólo de la vía insurreccional sino también de los esfuerzos por construir un embrión de contrasociedad -al respecto es iluminadora la reconstrucción de los avatares de las "escuelas socialistas"-. La "hipótesis de Justo", con sus logros y sus puntos ciegos, se imponía. Pero la lectura que Becerra hace del pensamiento y la trayectoria de Del Valle Iberlucea deja ver no sólo las limitaciones del socialismo argentino sino, quizás aun más, las de una tradición liberal que no sólo renunciaba a hacer avanzar una ley de divorcio que era corolario de la de "Matrimonio Civil" impuesta décadas atrás, sino que, vergüenza mayor, aceptaba el desafuero de un senador de la Nación por un "delito de opinión".

- o -

    De la contratapa del libro:

        Marina Becerra analiza la inexplorada obra del heterodoxo socialista Enrique Del Valle Iberlucea (1877-1921), intelectual marxista, primer senador nacional por el socialismo en América Latina, y una de las primeras voces masculinas que, en Argentina, reclamaron derechos civiles para las mujeres.
    La inscripción de su itinerario individual en otro colectivo permite revisar algunos interrogantes propios de los tiempos del Centenario. Bajo la modernización liberal, los debates sobre los derechos femeninos fueron atravesados por las discusiones acerca del modelo de nación y de una ciudadanía incluyente y universal, en tensión con otra concepción particularista, basada en el sexo.
    Parte de este libro fue reelaborada y ha sido galardonada con el Primer Premio del Concurso Nacional de Ensayos José Hernández 2008: "Identidad Nacional: hacia la Argentina del Bicentenario. Reflexiones sobre el concepto de ciudadanía", organizado por el Senado de la Nación y auspiciado por CONICET.
    Marina Becerra es doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires; Magister en Ciencias Sociales con mención en Educación (FLACSO) y Licenciada en Sociología (UBA). Es investigadora de CONICET con sede en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (FFyL-UBA) y profesora titular e investigadora de la Carrera de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. También ha ejercido la docencia en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad Nacional de Quilmes (Programa Virtual, en la Universidad Nacional de San Martín y en la Universidad Nacional de Cuyo.


Becerra, Marina, Marxismo y feminismo en el primer socialismo argentino. Enrique Del Valle Iberlucea.




Anuncios Google