Alfredo Becerra, ĞEmbargo norteamericano contra Cubağ, Caja Editora, 21.2.2001.

          En Cuba no aceptan tarjetas de crédito de bancos norteamericanos, aún cuando dichos bancos gozan de privilegios en los mercados financieros altamente rentables del resto de América Latina.

          Esta restricción disminuye las posibilidades de compra en el Caribe, desde que son grandes emisores de tarjetas de crédito y sus débitos pueden cancelarse en cuotas mensuales.

          Considerando que los cubanos quieren vender, cabe atribuir esta restricción de créditos bancarios al embargo económico decretado por el gobierno de Washington. Este embargo norteamericano contra Cuba ya se ha convertido en una rémora de la expansión imperialista del siglo XX, con su secuela de guerras por doquier y terrorismo de Estado en América del Sur, muertos de hambre y desaparecidos.

          Las consignas de libre mercado y democracia en América Latina fueron usadas para mantener monopolios bananeros y dictaduras fascistas.

          El nuevo gobierno de Washington debería levantar el embargo contra Cuba, si en verdad quisiera ampliar los mercados latinoamericanos, fomentar políticas liberales y justas y evitar conflictos. De otro modo la gente continuará riéndose de sus promesas.

          Es dificil imaginar una economía caribeña desvinculada de la norteamericana, pero Cuba es la excepción. Debido al embargo comercial, las importaciones imprescindibles de Estados Unidos debe efectuarlas a través de terceros países, con los consiguientes mayores costos.

          Cuba tiene 11 millones de habitantes, pero son demasiado pobres para configurar un mercado interno muy atractivo. En cambio China, Vietnam y Corea del Norte, también con economías estatizadas, tienen mayor población.

          La pobreza cubana es más democrática, fraternal e igualitaria que la de cualquier país capitalista, y, en general, menor que la de las clases más pobres de Argentina, Brasil y México.

          Los cubanos tienen asegurada la salud y la educación, en parte la alimentación, pero la vivienda es pobre y escasa. También hay desocupados en las provincias orientales más pobres. La infraestructura edilicia es mayoritariamente anterior a 1950, excepto los hoteles de la última década. Los cubanos usan automóviles de 1950 a 1980. Hay autos nuevos japoneses y coreanos para taxis, alquiler y policía, y Fiat importados de Brasil e Italia. También hay taxis de motocicletas (cocotaxis) y bicicletas (bicitaxi). Los ómnibus de turismo son los conocidos Busscar brasileños, pero los comunes son antiguos, cuando no camiones (llamados Si-se-puede o Sí se puede, averíguese).

          Existe libertad de cultos. Por las dictaduras primero y la revolución después, los cubanos no conocieron las tradicionales libertades de prensa y asociación política, fuera de las organizaciones hoy permitidas, genéricamente comunistas. Sin embargo manifiestan libremente a los turistas sus disidencias, disconformidades y aspiraciones. No se advierte la autocensura política personal, aún perceptible en Sudamérica 20 años después del terrorismo de Estado, donde todavía ocultan a los secuestrados de entonces (sin reconocer su asesinato) y mantienen a sus asesinos en libertad, cuando no en puestos militares, administrativos o electivos.

          Muchos cubanos quieren emigrar para obtener mejores empleos (por ejemplo a Santo Domingo, donde el 13 de febrero de 2001 la policía reprimió violentamente una manifestación de médicos contra un proyecto de ley de seguridad social sin el consenso de todos los sectores). Diríase que como tantos bolivianos, peruanos, paraguayos y uruguayos emigran a la Argentina, o argentinos que emigran a España y otros mercados laborales. Pero los cubanos sólo pueden emigrar con permiso del gobierno, previa invitación de ciudadanos extranjeros. Dentro de Cuba, aspiran a trabajar en actividades conexas al turismo, convertido en la principal fuente de ingresos del país.

          El dólar estadounidense es una moneda oficial, junto al peso cubano. Muchos artículos sólo pueden comprarse en dólares, sea por turistas o por cubanos.

          Próximo a los 74 años Fidel Castro (1927) sigue siendo el lider indiscutido, sin competidores ni sucesores predestinados. Su eventual reemplazante deberá elegirse cuando se retire.

          Las relaciones cubano-norteamericanas permanecen todavía bajo el signo de la revolución de 1959.

          Esto podría explicarse en parte por la guerra fría (1945-1991) entre los Estados Unidos y la extinta Unión Soviética y también en parte por las seculares ambiciones anexionistas norteamericanas en el Caribe, causantes de la guerra con España (1898) que condujo a la independencia de Cuba. Pero no pueden omitirse los factores internos, como su economía prácticamente subsidiada por la Unión Soviética entre 1961 y 1991, y la emigración masiva de las clases ricas, perjudicadas por las reformas económicas y políticas.

          Apoyados por el gobierno norteamericano, los emigrados crearon en Miami un poderoso partido contrarrevolucionario, que saboteó a Cuba por todos los medios, incluyendo la invasión armada. Como de costumbre, bajo la bandera de la libertad sólo pretendían la renta territorial expropiada. Este partido perdió aliento luego de la guerra fría y en este momento no se muestra demasiado amenazador, aunque en cualquier momento pueda volver a las andadas, lo que justifica la constante alerta de los cubanos.

          Actualmente, el cubano de la calle teme que los emigrados reclamen sus antiguas propiedades confiscadas luego de 1959, empobreciéndolos aún más.

          También temen un levantamiento abrupto del embargo nortemericano que los inunde de pacotilla, aunque no fuera inservible ni costosa, pero que de cualquier modo distrajera recursos de sus prioridades económicas.

          Si pudiera preveerse su futuro económico en base a lo ocurrido en la última década, diríase que el turismo y las inversiones extranjeras (visiblemente las de Canadá (petróleo), Alemania (hotelería), España, Italia, México (telefonía), Brasil (armado de ómnibus en La Habana) podrían mejorar los ingresos de la población, siempre que no se destinen exclusivamente a la infraestructura y gastos militares.

          Sin duda una dificil opción en cualquier país cuando los recursos son tan escasos, pero que podría facilitarse normalizando el comercio con Estados Unidos y atenuando de un modo u otro los reclamos patrimoniales de los emigrados.


Alfredo Becerra, ĞEmbargo norteamericano contra Cubağ, Caja Editora, 21.2.2001.
 
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