«Pucho, filósofo y motociclista retirado, de Siberia a Palermo», por Alfredo Becerra, Tiempo Argentino (Buenos Aires), 24 de marzo de 1984, p. 16, cols. 1-4.

          Un nuevo oso habita en el zoo porteño. Lo cedió el circo Tihany, en canje por dos flamencos, un mono carayá y un lobo marino.

          Se trata de un joven oso pardo, nacido en Siberia hace seis años, ágil y de esbelta figura. Esto se debe a la sin duda estricta dieta anterior, inseparable del arte circense. Este oso sabía andar en motocicleta y solo pesa 180 kilos para su 1,60 m. de altura, a diferencia de su vecino, el también pardo Paco, nacido en el propio zoológico, que sólo cuenta cuatro años y debe pesar más de 250 kilos.

          Su cuidador Oscar Fernández lo bautizó con el nombre de Pucho el 18 de marzo último, ni bien el oso se instaló en su nueva jaula (un amplio ambiente luminoso totalmente al exterior, con pileta cubierta y grandes ventanales de hierro forjado a semejanza de rejas, con vista a jardines sobre avenida del Libertador).

          Su origen siberiano, sus habilidades motociclísticas, su relativa delgadez, su mirada como nostálgica de las árticas estepas, su pelo algo más claro y corto que el de Paco (hijo de padre pardo pero de madre colorada, en cambio se ignoran los padres de Pucho), su andar inquieto y su zarpazo rápido, todo, en fin, hace de Pucho un ejemplar distinto y distinguido entre los 12 osos del zoo.

          Ciertos rumores de dudoso origen sembraron inquietud en cuanto a las intenciones de Pucho. ¿Por qué no se quedó en Siberia si allá las cosas andan tan bien? ¿Acaso tuvo trato con los disidentes? ¿Por qué ocultar su nativo nombre tras el vulgar Pucho sin que pueda atravesarse la barrera del silencio?. Tiempo logró una entrevista exclusiva y hoy puede revelar todo, cualesquiera sean las consecuencias.

          Tal vez no fue el mejor momento, pues Pucho tenía diarrea, pero ya había estado el médico y lo vio para adoptar los pertinentes recaudos. El día anterior hubiera sido peor, pues Pucho había tenido vómitos. No obstante, atendió a la prensa con la mayor deferencia.

          Pregunta: Díganos, Pucho, podemos llamarlo así, ¿verdad? ¿Por qué abandonó el circo por el zoológico? ¿Hubo problemas salariales, cuestiones de caché, quizá? ¿Acaso otro oso cuyo nombre fuera en letras más grandes que el suyo en el cartel? ¿Lo abandonó alguna osa?.

          Respuesta: Buena pregunta. Yo mismo aún me la sigo haciendo. Desde mi cautiverio supe que mi alternativa era el circo o el zoológico. Atraído por las luces y el brillo de la fama elegí el circo ignorando que la paz estaba en las jaulas del zoológico.

          Gané fama y dinero en el circo. Miles de espectadores me aplaudieron a lo largo de mis interminables giras, chillando de gozo al ver mis piruetas sobre la motocicleta. Pero el espectáculo siempre era el mismo. Y si bien cambiaban los espectadores, yo iba advirtiendo que pasaban los años y se me iba la vida trabajando sin oír el canto de los pájaros, el bramar de los osos ni la luz de la aurora.

          ¿Volver a Siberia? Ni pensarlo. No sé cómo me hubieran recibido allá ni en qué hubiera empleado mi dinero. ¿Poner mi propio circo y transformarme yo en empresario? No nací para eso. Sólo sé hacer cosas de artista. ¿Atarme una cadena al yugo de un organito vagabundo y limosnero? No es algo para mí, después de haber conocido los halagos de las glorias circenses. Y así, poco a poco, fue creciendo en mí, primero como una inquietud y luego como una certeza, la idea del encierro en una jaula. Y aquí estoy, tal como me ve, tal como soy, tal como nací. Sólo tengo lo puesto. Mi cuidador Oscar Fernández es un buen muchacho de 40 años que me habla y me acaricia. Cuando se acerca me paro en dos patas para festejarlo y él se pone contento como un niño. Saco las zarpas por los barrotes solo para oírlo retarme diciendo: «La mano adentro, Pucho, la mano adentro», con su voz inconfundible, tan ajena a lo que el vulgo y la crítica denominan el público. Ya no me importa el público. Le doy la espalda, sea en el zoo o en el circo. Solo me interesa mi intransferible vida y la vida de quienes me quieren, mis osos compañeros, mis cuidadores, mi médico personal y las rejas de mi jaula tras las cuales observo como todo el mundo está enjaulado, excepto yo.


Título inicial de esta nota: «Pucho, filósofo y motociclista retirado, de Siberia a Palermo», por Alfredo Becerra, Tiempo Argentino (Buenos Aires), 24 de marzo de 1984, p. 16, cols. 1-4.
 
www.000webhost.com