«El país que ganó la primera guerra anticolonial hace doscientos años, ha sido derrotado en la más reciente», por Alfredo Becerra, La Opinión (Buenos Aires), 6 de mayo de 1975, p. 10, cols. 1-5.

          Karl von Clausewitz (1780-1831) fue uno de los pocos críticos militares que remontó el anecdotario de batallas para ensayar una teoría general de la guerra. Confeso kantiano, conocedor de Hegel, continúa la tradición del pensamiento racionalista alemán. Sus sucesores no pueden comparársele ni por su posición racionalista ni por el acierto de sus observaciones. Sus trabajos fueron inspirados por las guerras napoleónicas y así se explica su vigencia un siglo después cuando todavía subsisten guerras por la emancipación o la unidad nacional.

          Los analistas militares de Estados Unidos presentaban la guerra de Vietnam como la lucha entre un bloque comunista agresivo y dictatorial contra un bloque capitalista, defensivo y libre. Como la defensa del Estado libre capitalista de la República de Vietnam del Sur contra la agresión del Estado dictatorial comunista de la República Democrática de Vietnam del Norte. En este marco explicaban la intervención de tropas norteamericanas, australianas, neozelandesas, coreanas y filipinas en cumplimiento del Tratado de Defensa de Asia Sudoriental (SEATO) que estipulaba la alianza contra el Estado de Vietnam del Sur agredido por el Norte.

          En cambio, Hanoi y el Frente Nacional de Liberación (FNL) sostuvieron firmemente el carácter nacional de su guerra, a tal punto de oponerse ya en 1949 (contra Francia) al envío de voluntarios chinos ofrecidos por Pequín y, en 1966, al envío de voluntarios soviéticos y europeos ofrecidos por las naciones del Pacto de Varsovia. Aceptaban, desde luego, todo otro tipo de apoyo material, pero los combatientes debían ser vietnamitas.

          Ya Clausewitz había observado que las naciones que aceptan tropas extranjeras aliadas delegan en alguna medida la autonomía en la conducción de la guerra y carecen de la independencia necesaria para la planificación centralizada de las operaciones militares y las negociaciones diplomáticas. Contribuyeron a mantener el carácter nacional de dicha guerra la coexistencia pacífica con Estados Unidos que China y la URSS mantuvieron durante todo el período, y las rivalidades entre los gigantes socialistas que llevaron a Hanoi (necesitado de su auxilio) a mantener una diplomática equidistancia entre ambas.

          Surge una primera diferencia, entonces, entre la celosa defensa de su autonomía militar por Hanoi y la entrega total de la conducción saigonesa al alto mando norteamericano. Entre la «internacionalización» del conflicto pretendida por Estados Unidos y su nacionalización sostenida por Hanoi. Hanoi tampoco integró ninguna alianza militar al estilo del Pacto de Varsovia, OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) o SEATO.

          Cuando para el mundo resultó evidente el carácter nacional de la guerra, los analistas norteamericanos modificaron ligeramente su tesis de los dos bloques, denominándola «guerra localizada o limitada» entre ambos bloques. Cuando en la década del 60 se agudizaron las discrepancias chino-soviéticas, la teoría norteamericana de la guerra entre ambos bloques resultó insostenible.

          En cuanto a la llamada «República de Vietnam del Sur», debe recordarse que ya hace 10 años el FNL controlaba gran parte de su territorio y población, especialmente el delta del río Mekong, las mesetas centrales y amplias zonas limítrofes con Camboya y Laos. La administración de Saigón se debatía en agudas crisis políticas. En junio de 1965 dimitió el gabinete civil presidido por Fan Huy Quat y asumió la dictadura un triunvirato militar presidido por Nguyen Van Thieu y secundado por Cao Ky. La oposición budista y otras minorías religiosas y políticas protestaban estruendosamente contra la presencia norteamericana concitando la atención mundial.

          La situación militar era catastrófica: de los 275.000 hombres del ejército saigonés desertaron 113.000 durante 1965 y 67.000 en el primer semestre de 1966. La planificación militar -a cargo de Estados Unidos- dispuso retirar las tropas saigonesas de los frentes de batalla asignándoles funciones de menor riesgo y emplear directamente tropas norteamericanas en las llamadas «operaciones de búsqueda y destrucción» cuya finalidad expresa era matar el mayor número de combatientes del FNL en lugar de ocupar zonas concretas.

          Contrariando a Clausewitz, este planteamiento militar no pretendía dotar al país de una organización territorial eficiente dirigida desde Saigón y permitía que la organización del territorio quedara virtualmente en manos del FNL que podía realizar operaciones normales de reclutamiento como cualquier administración: fuentes de Washington estimaban que en 1966 el FNL reclutaba 3.000 hombres por semana dentro de las amplias zonas que dominaba en Vietnam del Sur, elevando el número de sus combatientes regulares de 200.000 en 1965 a 280.000 en 1966, en más de 50 batallones adecuadamente pertrechados además de sus unidades irregulares o guerrilleras. Siempre en 1965, el cuerpo expedicionario contaba ya con 400.000 estadounidenses, elevados a 500.000 en 1966, habiendo superado el número de norteamericanos enviados a Corea, cuyo máximo llegó a 365.000. A estas cifras debe agregarse la disposición militar de Hanoi, cuyo ejército sumaba 250.000 combatientes.

          Es decir que hace ya diez años la guerra estaba planteada en términos de la defensa de una nación con ejércitos regulares y unidades guerrilleras contra la invasión por una fuerza expedicionaria norteamericana. Este hecho no cabía en las explicaciones que Washington daba del conflicto entre los dos bloques, pero se ajustaba adecuadamente a las previsiones de Hanoi y el FNL.

          Clausewitz observaba que «la defensiva es la forma más fuerte de hacer la guerra». Sostenía que las ventajas de la defensiva derivaban de la mayor facilidad para conservar posiciones ya conquistadas que para adquirir posiciones en poder del enemigo. El FNL asumía la defensa de los territorios que controlaba, en tanto que el ejército expedicionario no podía sino intentar la ofensiva, el ataque o la destrucción contra dichas posiciones. Sin embargo, tarde o temprano un ejército será capaz de conquistar y defender posiciones o perderá la guerra, tal como le pasó aquí a Estados Unidos.

          En definitiva, se trataba de la defensa de Vietnam contra la ofensiva de Estados Unidos.

          Desde luego, la administración de Saigón mal podía considerarse «gobierno» o «estado» desde que apenas controlaba el municipio saigonés y carecía de ejércitos comparables a los del FNL o Hanoi.

          Clausewitz fue aceptado por el Pentágono en un punto: «La guerra es un acto de fuerza para imponer nuestra voluntad al adversario y no hay límite para la aplicación de dicha fuerza». Efectivamente, excluyendo la bomba atómica (que hubiera generado una reacción en cadena planetaria contra Estados Unidos y sus aliados), el ejército expedicionario norteamericano empleó todas las armas conocidas y desconocidas para la «búsqueda y destrucción» del enemigo: bombardeos masivos en Vietnam del Norte y del Sur, bombas de napalm, asfixiantes, desfoliantes, químicas, aviones, tanques, cohetes, y otros tantos primores de la tecnología militar.

          Como el enemigo era todo un pueblo, se explican las famosas matanzas en aldeas indefensas, los asesinatos de niños y ancianos y no combatientes, las torturas en masa y demás procedimientos elocuentemente ilustrativos de la justicia de la causa que los norteamericanos concurrieron a defender en Vietnam.

          Lo mismo que Napoleón, Clausewitz buscaba la destrucción del ejército enemigo mediante la batalla. También lo hizo el FNL en numerosos encuentros que cubren de gloria y heroísmo la historia vietnamita. En cambio, el ejército norteamericano eludía la batalla de infantería, optando por el bombardeo aéreo o el exterminio de aldeas. El caso del sitio de Danang o la toma de Hue, en 1968, por el FNL, son expresivos de la táctica norteamericana de rehuir la batalla terrestre contra una infantería superior para, en cambio, evacuar sus tropas y bombardear después su ex posición.

          La superioridad de la infantería vietnamita ya se había manifestado en la guerra contra Francia, y a ella se refería el mariscal Bernard L. Montgomery cuando afirmaba que era imposible ganar una guerra terrestre en Asia.

          Y aquí también cabe recordar a Clausewitz cuando insistía en el valor de las fuerzas morales. La importancia de la moral en una guerra ya había sido señalada por Herodoto en su crónica de las guerras médicas, pero antes del clásico prusiano no era considerada un elemento estratégico de primera magnitud.

          La moral de un ejército -para Clausewitz- estaba determinada en primer lugar por el «fin político de la guerra» y luego por su disciplina, adiestramiento y abastecimientos.

          En Vietnam no bastaron los abastecimientos más colosales de la historia (150.000 millones de dólares) para levantar la baja moral resultante del «fin político». No alcanzó esa suma para sostener la convicción política de los combatientes que la recibieron.

          La moral del ejército saigonés era tan baja que sus tropas debieron ser retiradas del combate porque desertaban frente al enemigo. La finalidad política de su lucha era combatir contra su independencia nacional y a favor de la potencia que invadió su país con la complicidad de la minúscula oligarquía saigonesa.

          La preparación moral de los expedicionarios norteamericanos comenzaba en los centros de adiestramiento, donde aprendían que todo vietnamita era un «congo» que había que exterminar, y continuaba en las selvas y arrozales donde los soldados norteamericanos se hallaban en territorio desconocido, hostil y ajeno, al cual no podía conquistar o conservar porque debían atacar y retirarse, como si fueran guerrilleros, en tanto que los guerrilleros tenían el control y administración del territorio.

          Cuando percibían el temor y el odio que inspiraba su presencia en una nación extranjera que los combatía con admirable tesón e inteligencia, causándoles grandes bajas (56.555 norteamericanos murieron, y más de 100.000 quedaron lisiados, inválidos o heridos). Cuando se percataban de que estas muertes se realizaban para defender a un puñado de generales corruptos y odiados por su pueblo, incapaces de mandar un ejército y sometidos a la voluntad del comando militar estadounidense. Cuando el sistema capitalista que iban a defender era tan inconsistente y minúsculo que su subsistencia dependía de las enormes sumas de dólares aportadas por Estados Unidos.

          La moral de los soldados del FNL y de Hanoi también estaba determinada por la lucha contra la agresión norteamericana que bombardeaba sus campos y ciudades y asesinaba masivamente a sus hermanos y por el contenido socialista de la revolución, y aunque sus abastecimientos fueran menores que los del enemigo, la convicción política de los combatientes los dotaba de un valor y decisión incomparables. O sea que hay que tener presente «el fin político de la guerra». La observación más popular de Clausewitz: «la guerra es la mera continuación de la política con otros medios». «Todas las guerras deben ser consideradas como actos políticos».

          ¿Cual es el juicio político que merece la invasión norteamericana en Vietnam? ¿Era la defensa de la libertad y la democracia? Desde luego, el acierto de una política no siempre significa el triunfo militar, pero los desaciertos políticos siempre significan derrotas militares.

          Los críticos militares norteamericanos alegan que la de Vietnam no fue una guerra convencional, como si alguna vez hubieran existido guerras convencionales. El viejo Clausewitz ya había observado que resulta «inútil introducirle a la guerra ningún principio de moderación, porque es contrario a la filosofía de su naturaleza».

          Señalan dos circunstancias que, entre otras, probarían el «no convencionalismo» de esta guerra: 1) La falta de una formal declaración de guerra de Washington a Hanoi. 2) Las negociaciones de París en plena guerra, donde Kissinger logró una retirada no catastrófica del ejército expedicionario.

          Tampoco estos hechos significan novedades para el estratega prusiano. En su curioso estilo dijo: «¿Acaso la interrupción de las notas diplomáticas paraliza las relaciones políticas entre las diferentes naciones y gobiernos? ¿No es la guerra, simplemente, otra clase de escritura y lenguaje para sus pensamientos? Es seguro que posee su propia gramática, pero no su lógica propia».

          El secretario norteamericano de Defensa Robert McNamara, en pleno apogeo de la invasión a Vietnam, sostenía que era una guerra «limitada» o «localizada» entre el capitalismo y el comunismo. Puestas así las cosas, resultó que el raquítico capitalismo indochino no pudo sobrevivir a sus vecinos socialistas lozanos y pujantes.

          Hanoi y el FNL siempre sostuvieron que luchaban por su autodeterminación y unidad nacional. Si sumamos ambos argumentos tenemos que Vietnam luchaba por su independencia nacional y el socialismo, y Estados Unidos contra ambas causas. Estados Unidos, que hace 200 años ganó la primera revolución anticolonial, acaba de perder la última.


Título inicial de este artículo: «El país que ganó la primera guerra anticolonial hace doscientos años, ha sido derrotado en la más reciente», por Alfredo Becerra, La Opinión (Buenos Aires), 6.5.1975, p. 10, cols. 1-5.
 
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