«Una flor en la tumba de Isidro Parodi», por Alfredo Becerra, El País (Madrid), 24.8.1986, pp. 12-13.
En tiempos de la Segunda Guerra Mundial, en un pacífico pueblo de Santa Fe, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares inventaron a Isidro Parodi, un preso que dilucidaba enigmas criminales sin salir de su celda. Mientras tanto, sus colegas norteamericanos peleaban a trompadas con los malos y, eventualmente, los encarcelaban. Allá, el bien procuraba meter preso al mal. Acá, el bien nació preso en la primera página, y por un crimen que no había cometido. La raza de los detectives se extinguió con el tiempo. Pero en 1980 apareció fray Guillermo de Baskerville, el monje detective del italiano Umberto Eco, que, al igual que Parodi, parodia a Sherlock Holmes, ya no en la cárcel, sino en una abadía de la Edad Media. El fallecimiento de Borges en junio de 1986 dio motivo a esta nota.
Jorge Luis Borges (1899-1986)
Jorge Luis Borges (1899-1986)

          Isidro Parodi nació en 1942 en el pacífico pueblo de Pujato, provincia de Santa Fe, mientras el centro del mundo estaba en guerra. Fue el primogénito del seudónimo bicéfalo H. Bustos Domecq, uno de cuyos titulares, Adolfo Bioy Casares, nació en 1914 y afortunadamente aun vive y puede ser consultado para ampliar detalles. El otro, Jorge Luis Borges, nacido en 1899, murió en Ginebra el pasado 14 de junio.

          Birrete en testa, reja en ristre, Parodi desfacía entuertos sin salir de su celda. Conmovedor en su precariedad de medios (tomaba mate en un jarrito azul), parodiaba a Sherlock Holmes (como el mate a la pipa), pero también al ingenio y la virtud engrillados mientras la estupidez y el crimen se pavoneaban por la calle. Nadie se asombraba por ello. Ni el Pibe Cabeza, ni el Petiso Orejudo, ni Mate Cocido, ni Chicho Grande habían tenido muchas oportunidades para jugar a la escondida. Asaltaban bancos, mataban policías y la policía los mataba a ellos, y morían sus historias sin haber sido rozadas por los labios del misterio. Era el luto perpetuo.

          Bajo cielos más belicosos, los de Estados Unidos, y usando automóviles en lugar de caballos, impermeables a falta de escudos y pistolas a guisa de espadas, los detectives Philip Marlowe (de Raymond Chandler) y Samuel Spade, Nick Charles y el agente de la Continental (estos tres, de Dashiell Hammett), gozaban de libertad deambulatoria.

          Peleaban a puñetazo limpio con los malos y, eventualmente, los metían presos. Véase cuán distinta era su situación en el mundo de la situación en la jaula de Parodi. Allá, el bien metía preso al mal. Acá, el bien nació preso en la primera página, y por un crimen que no había cometido. Aun cuando en Hammett el mal estuviera en el poder y en la sociedad, aun cuando su agente fuera un mercenario, sus aventuras eran la lucha contra la maldad del mundo cruel.

          De tal palo, tal baraja. Mientras Raymond Chandler (1888-1959) y Dashiell Hammett (1894-1961) ganaban honestos dólares con las aventuras de sus hijos, los Bustos Domecq se repartían entre la docencia, el periodismo o el empleo público para llevarles cigarrillos a los Parodi. Es que solía ser desdeñosa la Pampa con los requiebros de la imaginación. (Pampita es también un personaje de las aventuras de Parodi.)

          Tantas cabezas, tantas sentencias. Hammett creía en la libertad, la democracia y el coraje del hombre para luchar contra el fascismo, y murió siendo hombre digno en la adversidad, luego de enfermar en la cárcel en la que lo metió el macartismo de un tal McCarthy. (¿El senador Eugene, el senador Joseph Raymond, el actor Kevin, la novelista Mary, Joe el beisbolista -Joseph Vincent- o el beatle Paul McCartney? ĦAh! Ya no está Nick Charles para buscarlo.)

          Borges acaba de ascender a la eternidad (en la que ya estaba desde hacía un tiempo, por lo demás), coronado de laureles, descreyendo de todo y de todos, hasta de sí mismo, al extremo de desdoblarse (manía que ya despuntaba en su período cuchillero; véase Hombre de la esquina rosada) y hablar de él mismo en tercera persona, un poco a la manera del César de la guerra en las Galias, el mismo al que Ovidio puso en órbita en el firmamento, tal vez para que nunca más vuelva a Roma. Encandilada por el Jorge Luis, la Pampa veleta olvidó al Bioy que también la quiso tanto.

          Dos países, dos destinos, sí, pero también algo más. Aunque no sirva de consuelo, tampoco en Estados Unidos creen ya en las venerables ideas de los detectives y sus lectores de antaño.

          ¿ Cuándo se quebró la ética detectivesca? Vaya uno a saber. Su apogeo fue entre ambas guerras mundiales, aunque con la primera rodaron muchas testas coronadas y cayó el realismo que sostenía amarrados a tierra a los detectives. Así empezaron a tener libertad para sus levitaciones por las prístinas comarcas (usando avión en lugar del hipogrifo de Orlando); así las criaturas de Hammett comienzan a sospechar que el mal no está donde lo buscaban casi todos, sino en el poder establecido, gravísima defección, sino traición, para el gremio de los detectives.

          La segunda también fue un muy duro golpe, porque nada más enemigo de los detectives que la guerra, que distrae a sus clientes y lectores con aventuras mucho más grandes, agravios estentóreos, represalias apocalípticas, homicidios en masa, océanos de sangre, todo más importante, en fin, y por añadidura, con el auxilio de rotativas estridentes, tipografía en cuerpo catástrofe, altoparlantes ensordecedores y cines en colores, que empequeñecían aun más las hazañas detectivescas encuadernadas en pocos kilos de papel. No acababa de terminar la reposición de la pólvora gastada en Europa (y el plutonio en Japón) cuando estalló la guerra de Corea (1950-1953) y luego la de Vietnam (1955-1975), que terminaron de arruinar el negocio de los detectives.

          Desafortunadamente para la historia, una cortina de sombra vela los ritmos y cronologías de la ética detectivesca, grueso ramal de la ética victoriana (no es un insulto, sólo una fecha, un dato, un siglo: el XIX), de cuyas ubres cada vez más flacas se nutrieron los detectives. Niños póstumos, nacieron cuando la nodriza ya era vieja. Póstumos del realismo, cuyo deceso, exequias y panteón fueron en la I Guerra Mundial.

          Ética y costumbres aquellas con muy claros correlatos políticos: igualdad ante la ley, imperio de la ley, no hay crimen sin ley previa que lo defina como tal, no hay criminal sin sentencia previa de juez competente, libertad, democracia: un rarísimo escenario político que sólo existió en Inglaterra y en Estados Unidos, y sólo para algunos -muy extensos, por cierto- sectores sociales. Existió en tiempo pasado. Por eso no conocimos detectives rusos, alemanes, italianos ni españoles, por eso los franceses fueron tan efímeros como sus repúblicas y por eso hoy escasean también los de habla inglesa.

          Aquella ética era la de esos gigantes norteamericanos del siglo pasado que luchaban con las fuerzas descomunales de la naturaleza, y las vencían o morían en el empeño; era la humanidad combatiente y triunfante, luminosa y musculosa, que aplastaba con sus puños las tinieblas serperteantes del demonio. Aunque no todos fueran cuáqueros. Ninguna vacilación empañó su fe en la verdad, la justicia, el amor y la belleza, desde la vibrante fantasía de Melville, Whitman, Hawthorne y Twain hasta el vigoroso realismo de Jack London, John Dos Passos, Upton Sinclair y Sinclair Lewis. Y sin embargo...

          Ya el mismo Poe, a cuyos crímenes de la calle Morgue (1841) se atribuye el comienzo del género, tuvo que inventarse un escenario irreal: París, con un héroe de la misma cepa: un francés de "excelente e ilustre familia", tan fantástico que no pudo ser hallado por ningún realista francés, aunque sí por distraídos como Baudelaire. Otras de las misteriosas aventuras de Poe transcurrían en Italia o en la Antártida. Cuanto más lejos de Boston, mejor.

          Es que la poesía (alfa y omega de Poe), mortal amenaza del realismo detectivesco, ya empezaba a carcomer al primer detective en el mismo instante de su primera pregunta: "¿ Quién es usted?". De allí al: "¿ Quién soy yo?" (o el yo soy) de los poetas, sólo había un paso.

          Algo parecido pasaría poco después con el inglés Collins (William Wilkie, 1824-1889, el de La Piedra Lunar). Es que toda ficción, toda imaginación y visión transfigurada los llevaba inexorablemente a la fantasía desde que balbuceaban su primera metáfora. Creo que de este cáncer murieron los detectives, Parodi incluido. Pero al menos, éste siempre supo su enfermedad.

          Sin embargo, todavía podían mantener a raya el virus con la antigua fe realista en el triunfo del bien sobre el mal, aunque este triunfo se les diera en el año 2000, cuya proximidad, por lo demás, y habida cuenta del estado de cosas, no solo obligó a poner el despertador en el año 3000, sino que también contribuyó a la bancarrota de las pequeñas oficinas privadas debido a toda la sarta de ordenadores, sensores electrónicos, controles remotos, micrófonos inalámbricos, teleobjetivos en miniatura, relojes telefónicos, biromes digitales, anteojos infrarrojos, canarios de cuatro patas, alambiques, sahumerios, narguiles, nefoscopios, radios a transistores, halografías, pomadas de uso íntimo, alcanfor, formol, licor de las Hermanas, poción de Todd, aspirinas gaseosas y detectores de urea, cuyos costos, cada vez mayores, los hacían solo accesibles a las grandes compañías de seguros.

          (Si la guerra es una política con cañones, el espía no es más que un detective con microfilme. Por eso los lectores se pasaron tranquilamente del bando de los detectives al bando de los espías, como James Bond, más acordes con el rock y herramientas en uso, y desembarazados del lastre de toda ética, toda moral y toda fe, como no fuera la de su propia pistola. Desafortundamente para ellos, las musas no los quisieron. Por eso la poesía siempre los mató, desde que el argivo Diomedes le cortó la cabeza al troyano Dolón, según Homero. Y por eso el más entonado de los espías jamás pudo cantar tan bien como el más desafinado de los detectives, Yago de Otelo incluido, cuyos mejores versos no brotan de su espionaje, sino fundamentalmente de su traición y su intriga.)

          Interrogado que fue sobre tópicos conexos, contiguos, tangentes y anexos, Borges hizo finas discriminaciones entre el estilo sutil, ingenioso e intelectual de los detectives a la inglesa, tipo Sherlock Holmes, y el otro estilo de las trompadas, culatazos y patadas que dábamos y recibíamos en las páginas de los norteamericanos (extrañamente llamadas negras, cuando los personajes eran blancos, salvo que fuera por la tinta de imprenta), como si los reflejos musculares no requirieran por lo menos tanta sutileza como el más etéreo de los pensamientos, sólo que de tan rápidos no podíamos darnos cuenta. Una cosa es el lento desenvolvimiento de una deducción a través de muchas páginas y otra el fogonazo de un tiro en una línea. Pero eso era antes. Ya no se usan tales diferenciaciones, incompatibles con las computadoras de hogaño, que deducen más ligero que el más ligero de los detectives, aunque aun no saben dar un rodillazo donde más duele. Una cosa es cierta, no obstante, y Borges tuvo el mérito de denunciarla sin haberla visto: los monigotes de la televisión, tiznados con corcho quemado para enseñarnos a no segregacionar, ni soñando podían aspirar al diploma de doctor en sutilezas que adornara al fundador de la compañía, el ilustre Auguste Dupin, de Poe.

          Los detectives de las últimas décadas (1950 y 1960), mayoritariamente norteamericanos, como lo fueron desde su mismo origen, se volvieron tristes, solitarios y pesimistas, con los ojos turbados por el estigma de la duda. Y fracasaron. Porque los héroes no deben dudar. A lo sumo, les está permitido darse cuenta de su error en la última página.

          Y colorín colorado, hacia el crepúsculo de Vietnam (1968-1969) sólo se difundían marchas fúnebres al compás de los jadeos del detective Lew Archer y sus coetáneos y sucesores, dedicados a lánguidas fornicaciones, cada vez más metafísicas.

          Nuevas caballerías derrotadas, sin brújula y sin mapa ni santos sepulcros para redimir, los detectives se desbandaron en retirada en todos los frentes. Y aunque de tarde en tarde asoma algún quijote suelto por ahí o por acá, ya no se bate por su doncella, sino por nosotros: quiere arrancarnos alguna sonrisa, quitarnos tanta pena de los ojos.

          Esa fue la hazaña de Isidro Parodi en plena guerra y es hoy la de su más joven discípulo, fray Guillermo de Baskerville, que se pone en cómico cuando razona a la manera de Sherlock Holmes en la fascinante abadía del italiano Umberto Eco. Pero he aquí que, a diferencia de Parodi, la prodigiosa arquitectura de esa novela no salva el anacronismo de sus silogismos detectivescos. Y no porque silogice en la Edad Media, edad silogística si las hubo. Todo lo contrario: es porque lo hace en 1980.

          (Así como a la inversa, el sincronismo ideológico y escenográfico del padre Brown en 1910-1914 no consiguió convertir un solo hereje para la obra pía de Gilbert K. Chersterton. Tal vez por esto Borges y Bioy mencionaron incidentalmente en otra aventura de Parodi al padre Brown como "cura apócrifo, jefe de una banda de ladrones internacionales".)

          Sin embargo, la pesquisa de fray Guillermo es apenas la envoltura seductora de su enfrentamiento con el poder, que es su angustia y su tragedia. Y puesto que la política y las pesquisas se sirven mutuamente, como la guerra y los espías, desde que el mundo es mundo, tales incongruencias detectivescas, lejos de perjudicarlo, favorecen ampliamente a fray Guillermo de Baskerville, ya de por sí muy simpático, y lo convierten en un crítico de los detectives y de su ética y su realismo. Paródico como don Isidro, comprensivo, admirador y simpatizante, pero crítico al fin. Crítica nada extraña, si se considera además que todo El nombre de la rosa, además del armonioso despliegue del bello tema musical Ex nihilo nihil, es simultáneamente una crítica de la literatura y un monumento a la literatura misma. También el monumento de la tumba de los detectives.


Título inicial de este artículo: «Una flor en la tumba de Isidro Parodi», por Alfredo Becerra, El País (Madrid), 24.8.1986, pp. 12-13.

 
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