«Iconoclastas», Diccionario Enciclopédico Hispano - Americano X, Barcelona, Montaner y Simón, 1892.

     Iconoclasta decíase del hereje que negaba el culto debido a las sagradas imágenes.

     El primer iconoclasta mencionado hasta el siglo XIX(1) fue el arzobispo nestoriano Sanajas de Hierápolis, esclavo fugitivo y hombre ignorante que, sin estar bautizado, fue ordenado por el heresiarca Pedro Foulon, siguiendo después su doctrina respecto de las imágenes varios obispos de los comienzos del siglo VIII, Constantino de Nacolea, Teodoro de Éfeso y Tomás de Claudiópolis, hombres todos de gran influencia en los negocios públicos.

     Uniéronse con los partidos de los mahometanos y judíos, y lograron poner de su parte a los emperadores bizantinos fomentando la persecución contra las imágenes. El emperador León Isáurico, que ocupó el trono desde el 716 hasta el 741, favoreció notablemente al partido iconoclasta, pues creyendo falsamente que el culto de las imágenes era un impedimento a la conversión de mahometanos y judíos, trató de llevar a cabo sus planes por la persuasión, y convencido de la inutilidad de este medio apeló a la fuerza ejerciendo las coacciones más terribles que se conocen sobre la conciencia de sus vasallos. Opúsose en vano a su proyecto San Germán, patriarca de Constantinopla, y en vano también intervino el Pontífice Gregorio II, pues no cesó la encarnizada lucha, y el sucesor de León, Constantino IV ó V, llamado Coprónimo, continuó con la misma conducta, llegando la persecución a hacer gran número de mártires y tratando a los católicos con increíble crueldad.

     Constantinopla, decían en el siglo XIX, se convirtió en teatro de suplicios y crueldades: se sacaban los ojos, se cortaban las narices de los católicos, se les despedazaba a azotes y se les arrojaba al mar. El emperador dirigía sobre todo su saña contra los monjes; no hubo ultraje y tormento que él no les hiciese sufrir: se les quemaba la barba embardunada de pez, se les rompían en la cabeza las imágenes de los santos pintados en madera. Estas horrorosas escenas regocijaban a Constantino, a quien nada podían contar mientras comía que tanto le divirtiese. No satisfecho con las crueldades que hacía ejercer a sus oficiales, quiso él mismo presidir las ejecuciones, y tenía el placer de ver correr la sangre, haciendo levantar un tribunal a las puertas de Constantinopla. Allí, rodeado de verdugos y en medio de la pompa imperial, hacía atormentar a los católicos y se extasiaba en aquel espectáculo horrible para todo corazón que no estuviese dotado de sentimientos feroces y sanguinarios como el suyo y el de sus cortesanos. Hizo además Constantino reunir en Constantinopla, en el año 754, un concilio de 338 obispos, que tuvieron la debilidad o el servilismo de doblegarse de tal modo ante la voluntad del monarca, que prohibieron, bajo pena de anatema y los castigos más severos, la veneración de las imágenes.

     Desde entonces recrudeció la persecución y por todas partes se destruyeron las imágenes existentes. El sucesor de Constantino, León IV, no abolió los decretos de su padre, pero fue tolerante y aun se dice que él mismo tenía especial devoción por la imagen de la Virgen; sin embargo, la persecución se renovó más tarde por haber hallado algunas imágenes en casa de funcionarios importantes de la corte y en las mismas habitaciones de la emperatriz Irene, que fue desterrada por esta causa.

     Al encargarse la emperatriz del gobierno a la muerte de León IV, se restableció el culto de las imágenes, y poniéndose de acuerdo con el Papa Adriano I se juntó un concilio en Nicea en el año 787, que es el sexto de los ecuménicos, cuyo concilio condenó a los iconoclastas. Los obispos de las Galias y de Alemania, congregados en Francfort, refutaron las actas de este concilio, creyendo que mandaba que se adorasen las imágenes como a la Trinidad, pero pronto fue disipada esta prevención. No duró mucho la paz otorgada a la Iglesia por la emperatriz Irene, pues destronada por una revolución en el año 802, se apoderó del trono el perverso Nicéforo, que favoreció a los iconoclastas y ejerció verdaderas coacciones y tiranías sobre el clero y los monjes, hasta que su sucesor Miguel levantó el destierro a los proscriptos. León V "el Armenio" hizo su profesión de ideas iconoclastas mostrándose sin rebozo partidario de la política que en ellas se inspiraba y extendiendo su persecución hasta contra las señoras y las religiosas.

     Miguel Balbo, tolerante y benigno al principio, acabó también por perseguir a los católicos, y lo mismo obró su hijo Teófilo, no restableciéndose el culto de las imágenes en todas las iglesias hasta que a la muerte de este emperador fue regente Teodora, madre de Miguel III.

     Aún duró treinta años la audacia de los iconoclastas, y aquella desgraciada Iglesia, continuamente turbada por las disensiones orgullosas después de la paz momentánea que disfrutó en este tiempo y no por completo, vino, por fin, a caer en el cisma por las intrigas de Focio. Durante estas cuestiones de las imágenes, el Imperio griego estuvo constantemente agitado por enemigos exteriores; en Oriente por los búlgaros y árabes, que en aquella época habían llegado al apogeo de su poder, y en Occidente por los lombardos, que amenazaban con la dominación de los bizantinos en Italia.

     Estas cosas decíanse en los siglos XIX y anteriores.



     Notas
     1. «Iconoclastas», Diccionario Enciclopédico Hispano - Americano X, Barcelona, Montaner y Simón, 1892.
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